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2023·Fundación El Mirador, Buenos Aires

Gravedad

Flavia Da Rin

Texto curatorialCuratorial text

El fin del milenio pasado no fue en los 2000, fue en el 2001. Las computadoras nunca se volvieron locas y el Y2K fue puro spam. El caos fue televisado un año después. En Occidente, pero acá también. Pasaron ya más de dos décadas y en ese período Flavia Da Rin produjo obra incesantemente. Creo que si quisiéramos comprender mejor el tiempo histórico que hoy estamos transitando, deberíamos comenzar a imaginar cuales son los recortes visuales fundamentales para narrar los últimos años de nuestra historia socio-política. A mi entender, hacer una relectura de su corpus de obra se vuelve imprescindible. Su carrera comenzó al calor del estallido social del 2001 y a partir de ahí produjo en los años subsiguientes maravillosos autorretratos de ojos enormes que parecen mirar al mundo con pequeñas dosis de ingenuidad y desconfianza, pero que encubren en sus pupilas brillantes una tenue sensación de genuina esperanza.

A través del recorrido de su producción podemos vislumbrar reconocibles imaginarios remixados, pasados por el tamiz de su pincel digital: el photoshop. Altas dosis de cultura MTV, la influencia del manga, del animé y de los videojuegos, su veneración generacional por las divas del grunge y el cosplay doméstico conviven en su iconografía con agudas críticas sobre la oferta publicitaria de la estética del cuidado personal y con algunas referencias manifiestas a la figura femenina en la historia de la pintura. Flavia Da Rin entendió allá por los albores del comienzo del milenio que internet era una válvula de escape para interferir a gran velocidad en las formas de hacer circular las imágenes y utilizó la masividad del pop como caballo de Troya en donde se refugian audaces sátiras sobre el valor que le damos a la mirada del otro. Hoy, que pareciera que estamos por entrar de nuevo al bucle de la historia, ella ofrece su cuerpo como campo de batalla desde donde podemos dar la disputa de sentido.

Alejandra Pizarnik escribía en 1962 “Ahora, en esta hora inocente, yo y la que fui nos sentamos en el umbral de mi mirada. No más las dulces metamorfosis de una niña de seda, sonámbula ahora en la cornisa de niebla”.

La producción de esta serie que ahora exhibimos fue realizada en 2021 en su casa, donde el trabajo y las urgencias de la vida familiar se mezclan y ocupan el mismo lugar de importancia que un cajón con pelucas, que la mochila de sus hijos, que una tanga de fantasía o que un cucharón sopero. Si, Flavia trabaja desde el yo y sus derivas. Pero aprovecha la distancia entre el lente y su cuerpo para producir ficciones colectivas, escenas quirúrgicamente diagramadas que buscan incomodar la percepción que cada uno tiene sobre sí mismo. En esta serie, a diferencia de la mayoría de las anteriores, Da Rin no incorpora decorados ni ambientaciones. Todo el arco narrativo está impreso en su cuerpo. La atención está concentrada en los pliegues, en sus geografías irregulares. El paisaje es sinuoso, espeso, volátil, fungible, frágil, maleable, lo que sobra, lo que queda, lo que se transforma, lo que se cae. La gravedad, en sus dos acepciones. Su poética del yo está a la sombra, utilizada como un vehículo para desnudar la afectación del cuerpo social, los infinitos intentos de degradación de lo público, el enajenamiento colectivo que produce el capital, la alienación económica. Una ciudadana consumidora y consumida.

Las pinceladas de pintura digital que aplica con paciencia y dedicación sobre las fotografías nos proporcionan pieles y texturas perfectas. Una paleta esmerada de colores pastel, inspirada en heroínas animadas como Jem & The Hollograms o alguna de las Magical Girls, acompaña al foco puesto en curvaturas, ondulaciones y recovecos carnales. La extravagancia de formas que adoptan sus volúmenes y la mirada pícara que devuelven los personajes de las fotos parecen querer provocar a quien se sienta interpelado. Usando como bandera el humor y la alegría, Da Rin reivindica el goce, la belleza de lo explícito, el diseño de uno mismo, la reconciliación con el deseo, con lo raro, con lo escindido. Del erotismo toma su procedimiento político: hacer visible y público lo que está en sus márgenes, darle status de habitualidad, acabar con los mandatos. Un acto fundacional, estatutario, constitutivo. Un acto de fe.

Joaquín Barrera

Prensa

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