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2024·Komuna Galería, Buenos Aires

Las confidencias

Melina Chaldú

Texto curatorialCuratorial text

En el latín antiguo, madre de todas las lenguas romances, fides significa fe. Las confidencias que aquí les vamos a narrar bordean su significación etimológica, aunque nos permiten tomarnos algunas licencias. Es que en las pinturas que hoy toman las salas de esta exposición, pondremos en duda todas las evidencias que buscan justificar la fe solo con la perfección de lo divino.

Sobre las paredes de Komuna, Melina Chaldú exhibe una serie de pinturas en donde despliega un gran atlas de preguntas sobre sus problemas con la pintura, algo así como un alfabeto de formas plásticas o un manifiesto vivo del hacer continuo. Hay en su quehacer pictórico un permanente regreso a algunas escenas del imaginario de la modernidad, a sus referentes históricos, a la observación insistente de algunas pinceladas de Schiavoni, Fígari, Daneri, Lacámera y Victorica pero al mismo tiempo un borroneo consciente de esas formas, un rechazo a esa verdad absoluta de la pintura. La pregunta remanida se repite con insistencia ¿para que hacer esto acá y ahora? En estas pinturas esas contradicciones están en un punto de eclosión y aflora un gesto iconoclasta: Melina lleva su destreza pictórica hasta el extremo en busca de un prototipo de belleza armónica para luego olvidarla, como si en ese juego se disputara la batalla de sentido de su práctica artística. Si existiese un estandarte que portar, la frase que encabezaría su legado sería develar y ocultar.

Ahora bien, todas esas verdades relativas también se ponen en jaque en cuanto al tema de la pintura. Las tensiones perceptibles entre los elementos formales de la composición plástica también libran su derrotero sobre la iconografía visual que la artista decidió reunir en este universo de imágenes. Lo único común es el género narrativo: son paisajes de espacios interiores de profunda candidez que celebran la ausencia de lo humano. La disputa es epocal y de temporalidades, de modos de construir las ficciones de los imaginarios domésticos, y hasta de economía poética.

En las pinturas espaciales lo que sucede adentro es casi fantasmático. De un clima enardecido por lo que pareciera ser una brisa cálida de verano emerge una tempestad controlada. La quietud estéril de los objetos contrasta con la ferocidad del movimiento de las cortinas o de las líneas voluptuosas del piso. La paleta reducida colabora a crear una fantasía mínima que nos permite tratar de echar luz (o también oscuridad) sobre cuál es la fungibilidad de las cosas. Es que lo contemporáneo de estas pinturas es esa mirada cinematográfica sobre los objetos que expande y nutre nuestro espectro voyeurista.

Muy distinto en cambio es el registro en donde se inserta el otro cuerpo de obra que Melina Chaldú pintó para esta muestra. Si en las obras que describimos anteriormente predominaba una sensación de caos controlado, en el conjunto de naturalezas muertas que pueblan la sala lo que reina es la calma y la observación quieta y el incesante perfume de las naranjas, el fulgor de sus pieles, el calor tibio de una vela en penumbra. Es probable que no podamos inscribir estas pinturas sobre lo que se podría decir que es arte contemporáneo porque su gestualidad es netamente moderna. Lo que sí es contemporáneo - y que se agradece - es el acto de reivindicar este tipo de pintura, reproducida hasta el hartazgo en láminas, libros y manteles y que regresa ante nuestros ojos repetidas veces en la memoria de esos decorados domésticos que marcaron a fuego nuestros primeros consumos visuales.

Volviendo a las confidencias sospecho que este mapa de recursos, de recortes, de formas del hacer, de imágenes repetitivas, de tifones expresivos son solo una excusa para seguir creyendo.

Ante la tempestad, la fe es un acto político.

JOAQUÍN BARRERA

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