Andrés Matías Pinilla













Texto curatorialCuratorial text
Esta exposición, casi como una mímesis del presente, se sostiene sobre una certeza incómoda: el mundo ya no funciona como un espacio común compartido, sino como una zona de fricción permanente. Aquellos mandamientos y cánones heredados de la posguerra y que durante décadas parecieron estables hoy se encuentran en crisis. Nociones como identidad, territorio, lengua, tradición o cuerpo ya no operan como coordenadas fijas, sino como geografías inestables, atravesadas por cortes, desplazamientos y pérdidas. Andrés Matías Pinilla (Bogotá, Colombia) trabaja precisamente en ese punto donde las formas dejan de garantizar sentido y la pertenencia se vuelve una pregunta abierta, sin resolución definitiva.
La distinción entre lo que queda adentro y lo que queda afuera del mundo no remite aquí a un lugar físico, sino a una posición. Se trata del sitio asignado a aquello que no encaja en los mapas dominantes, lo que excede el marco y queda fuera de las categorías disponibles. Frente a un orden imperante monótono y productivista, el artista responde desde la disfuncionalidad, proponiendo un conjunto de acciones, dibujos e instalaciones que asumen el juego como premisa fundacional de su práctica. Entendida como procedimiento estético y político, la posibilidad del juego ayuda a desarmar jerarquías, alterar escalas y habilitar combinaciones inesperadas. La instrucción de un jugar con otros abre la participación de nuevas fugas y rompe el mandato del capital que impulsa el personalismo y valora la individualidad en la cúspide del sistema del arte. La autoría se borra y toma protagonismo el coro, en este caso mediado por una polifonía de voces que se incorporan en su video-instalación, pero también por la colaboración cómplice y compañera de la artista Mariana Angulo, fundamental en la producción sonora, material y de vestuario en esta exposición. Al desandar la madeja del yo, Pinilla introduce en su obrar el error, la deriva y la repetición infructuosa, permitiéndose ensayar sin la garantía de un resultado. En esa lógica, construir imágenes, narraciones o gestos se vuelve también una práctica pedagógica: una forma de aprender sin domesticar y de transmitir sin fijar.
El universo visual de Andrés Matías Pinilla está poblado por figuras híbridas, objetos rituales, restos, amuletos, artefactos improbables y arquitecturas afectivas que remiten tanto a mitologías arcaicas como a ficciones contemporáneas. Hay en su imaginario una constante tensión entre lo ancestral y lo presente, entre saberes no occidentales, cosmogonías indígenas, prácticas espirituales y una sensibilidad profundamente contemporánea. Este cruce no responde a un gesto de apropiación estética, sino a una búsqueda ética: tender un puente al arte con los sistemas de creencias y formas de conocimiento históricamente desplazadas por la modernidad occidental, reinstalando preguntas sobre el cuidado, la interdependencia y las formas de convivencia entre especies, cuerpos y mundos.
En su trabajo, la ficción opera como un sistema activo capaz de desestabilizar los límites entre realidad y fantasía. Esta búsqueda se articula a través de lo que el propio artista denomina “espíritus-semilla”, entidades simbólicas que condensan historias, afectos y memorias latentes. Son presencias mínimas, fuerzas inmanentes, unidades narrativas en estado de germinación. Es que más que producir objetos cerrados, Andrés Matías Pinilla origina condiciones para el encuentro, la escucha y la imaginación compartida. En ese sentido, su universo se presenta como un ecosistema en transformación permanente, donde cada pieza es al mismo tiempo fragmento y totalidad, huella y promesa
Joaquín Barrera
Curador