Gimena Macri — Muestra individual














Texto curatorialCuratorial text
A las víctimas de la espera.
Durante siglos, buena parte de la vida en comunidad se organizó alrededor de tecnologías sociales sencillas como una mesa o una cocina, espacios de intercambio, conversación y escucha que fomentaban el encuentro cara a cara. En esta serie de pinturas, Gimena Macri decide retomar estas tradiciones, pero pasadas por el tamiz de la velocidad del presente. Es que en tiempos de hiperconectividad acelerada la única certeza que tenemos a mano es que nunca estuvimos tan alienados. Mientras las plataformas digitales perfeccionan el vértigo, la espera de lo impostergable se convirtió en la condición necesaria sobre la que transcurren gran parte de nuestras relaciones amorosas, familiares y sociales. Una porción creciente de la vida afectiva pareciera girar alrededor de conversaciones abiertas, encuentros postergados y respuestas que nunca llegan exactamente cuando deberían. Lejos de eliminar la incertidumbre, la promesa de la conexión permanente fomenta el thriller psíquico y una ansiedad descarnada.
Si la pintura de bodegón clásica de la historia del arte disponía objetos sobre una tabla para hablar de la abundancia, de la belleza o de la muerte, ella pareciera utilizar ese género para retratar los silencios que provocan las conversaciones abiertas, aunque no haya registro evidente de cuerpos en estado vivo en estas obras. Ahora bien, no son las palabras en tiempo presente las que ocupan el espacio, sino aquellas que resuenan en su posteridad y que hace rato fueron pronunciadas, casi como un eco tardío sobre la conciencia. Esas conversaciones están adheridas a los alimentos, a los manteles, a las notas escritas a mano y a esos espacios indefinidos que parecieran estar siempre preparados para recibir a alguien cuya llegada nunca termina de confirmarse.
El gran formato, algo trabajado especialmente para esta exposición, resulta decisivo como recurso. Por las fugas de su procedimiento pictórico y por la arquitectura inestable de los objetos presentados, la mirada pierde rápidamente sus puntos de apoyo habituales para dar lugar a una forma de observación más errante, más cercana al merodeo que a la contemplación. A cierta distancia aparecen mesas, flores, textos de WhatsApp, recipientes, anotaciones, rejas, fondos, tramas y escenas reconocibles con las que Gimena trabaja hace muchos años. No hay un orden jerárquico que las reúna sino la certeza de que todo vale lo mismo. Sin embargo, cuando el cuerpo se aproxima a la tela, la imagen comienza a desarmarse entre capas de color, correcciones, transparencias y zonas donde la materia reclama autonomía propia. Esa oscilación entre reconocimiento y disolución es una marca de estilo en sus procedimientos plásticos. Los azules profundos, los violetas densos y la persistencia de ciertas zonas cálidas construyen una atmósfera que parece suspender cualquier precisión cronológica y de geografías, mientras que la pincelada y el dibujo rehúyen sistemáticamente a la idea de una imagen cerrada. Es que lo que inicialmente se presenta como una representación termina revelándose como superficie, como acumulación de decisiones y vicios, pero también como una superposición intencional de tiempos.
Las imágenes que se despliegan en la sala reúnen distintas conversaciones que la artista viene sosteniendo desde hace años con la pintura, casi como una cartografía propia de obsesiones tenaces. Esa convivencia de tiempos atraviesa toda la serie. La paciencia casi textil de ciertas tramas dialoga con la desfachatez de la mancha. A su vez, la planimetría heredada de las pantallas contemporáneas se deja contaminar por la densidad física del óleo. La lógica fragmentaria de la comunicación digital convive con una temporalidad mucho más lenta, vinculada a la conversación, a la permanencia y a la sobremesa. A contrapelo de sus obras anteriores, en donde primaba el formato vista de teléfono, estas pinturas en cambio parecerían recuperar algo de la vieja condición de la ventana pictórica para oponerla, sin estridencias ni añoranzas sencillas, al régimen acelerado de circulación de imágenes que domina buena parte de nuestra experiencia mundana.
Hay una teatralidad evidente en estas escenas, sobre todo por el uso de la luz y el contraste de paletas y de texturas. Lejos está de representar un relato sobre el onirismo, algo a lo que es necesario renunciar para entender cuál es la génesis de estas pinturas. Porque esa sinfonía aleatoria de objetos reconocibles de consumo popular cumple su función utilitaria sólo como mecanismo para ilustrar una espera y un estado de latencia donde algo acaba o está por suceder. Su pintura insiste en escenificar el drama de ese intervalo. No en el acontecimiento en sí mismo, sino en la narrativa a la que puede derivar su antes o su después. Por eso es que esa sensación permanente de asfixia que provoca la espera es apenas un pequeño juego psicológico que llena la atmósfera de densidad y de poesía, aunque a veces inclusive se permita añadir pequeñas pero incisivas cuotas de humor, cinismo y picardía.
Como parte fundante de ese melodrama catártico, Gimena Macri difumina los límites entre interior y exterior y los vuelve porosos. Hay —por suerte— verdades relativas y escenografías que revalorizan el absurdo. La cocina y la ciudad, el refugio y la vereda, la intimidad y lo público parecen mezclarse bajo una misma melancolía. Pero no por la nostalgia de algo perdido ni por la representación de una ausencia evidente, sino por la percepción de que toda forma de encuentro es también una negociación permanente con la distancia, con el tiempo y, sobre todo, con la duda.
Joaquín Barrera
Curador