Inti Pujol








Texto curatorialCuratorial text
“Lo sublime, como campo suprasensible, fantasmagórico, que excede la capacidad del sujeto de nombrar y darse representaciones, prepara aquello que aniquila el cuerpo según una escala de tiempo y de espacio de la que está ausente toda medida humana”
Hay dibujos que no se pueden ver solo con los ojos. Los que están acá de hecho extrapolan el vaho de su atmósfera, el denso clima de su propio paisaje. Hay, también, una cadencia latente en esos movimientos circulares. Inti Pujol dibuja sin buscar representar, sino como una forma de insistir. No son dibujos hechos para narrar, sino para raspar. Su forma de rayar como ejercicio plástico no es una línea sino una herida, una huella, una batalla. No hay gesto limpio, hay materia desplazada. Arrastrada, como quien dibuja marcas en la tierra. El trazo crudo y árido con el que se despliega sobre la tela provoca subsidiariamente una sucesión de ruidos insondables que evocan una cierta tenebrosidad. En cada gesto pareciera dejarse incitar por el peso de su cuerpo entero. Las imágenes devuelven un pulso que nos arrima no sólo al arte de acción, sino a las profundidades del ruido, del grito, del aturdimiento. No nombran, sino que rodean algo. Probablemente lo que esté buscando es una forma de hacer que el cuerpo diga lo que con palabras suele no alcanzar.
Hace más de veinte años que el obrar de Inti Pujol navega entre la performance
el sonido, la plástica y la militancia de base volviendo (por suerte) muchas veces porosos los límites de su práctica. El paisaje es uno de sus temas recurrentes, pero no como mímesis sino como género político. Y aunque en esta exposición hay solo dibujos y la relación es aparentemente lineal y expuesta por su registro evidente, lo que esconde es una denuncia. Pero que también podría haber sido una acción o una asamblea. La búsqueda de belleza, aunque innegable por su destreza artística, no responde a una lógica del elogio de lo bucólico. Lo que Inti Pujol señala es la ausencia de vacío. Ahí donde se nos enseñó a mirar desierto hay vida. Y ahora también muerte.
El recorte de imágenes que ella evoca son vestigios de lo que todavía queda en su Mendoza natal, luego de la violencia sistemática que las corporaciones mineras extractivista ejecutan sobre los territorios en disputa. La forma cruda en la que se presenta su trazo marcado insiste en este punto: lo que aparece como un paisaje árido fue previamente construido como tal, domesticado por un relato que necesitó imaginar al territorio como peligroso, y por tanto disponible. En sus obras, el paisaje no es un fondo. Es el protagonista. Y un testigo de un crimen en tiempo presente. Lo que los dibujos grafican es superficie afectada. No hay silencios, hay acallamientos. La mano que dibuja no recorre un suelo neutro sino uno disputado; no hay inocencia en la geografía ni pasividad en el lienzo.
En el mapeo de paisajes y dolores que Inti propone en este muestrario, el dibujo funciona como una extensión de su cuerpo y su acción es transitiva: de la violencia extractiva hacia el paisaje, utilizando como filtro su propio cuerpo. Pero no en la búsqueda de una reparación, que suena a utópica, sino para volver todo visible. Porque visibilizar no es mostrar, sino insistir en lo que no quiere ser visto.
Joaquín Barrera