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2025·Centro Cultural Borges, Buenos Aires

El porvenir

Franco Fasoli

Texto curatorialCuratorial text

En marzo de 1907, el gobierno nacional convocó a un concurso internacional para la construcción de un monumento conmemorativo por los 100 años de la Revolución de Mayo. El objetivo era reemplazar la Pirámide de Mayo de 1811 por un cuerpo escultórico que diese cuenta de un país moderno y próspero. El clima de época por los festejos patrios alentó un fervor estatal creciente por la “estatuomanía”. Iniciado en Europa a fines del siglo XIX, este movimiento impulsaba la diseminación de esculturas de gran escala con el fin de ilustrar una diseñada pedagogía cívica de la patria.

Del concurso participaron 74 maquetas que fueron exhibidas al público en la Sociedad Rural en 1908. El jurado seleccionó a 6 finalistas entre los que se destacaba Rogelio Yrurtia, el único representante argentino. Su propuesta constaba de un arco de triunfo bajo el que se desplegaban representaciones ecuestres mezcladas con un gran cuerpo de figuras desnudas entrelazadas entre sí portando una bandera y en actitud de goce triunfal. Desarrollado durante su estancia en París, su proyecto iba a contrapelo de lo estipulado en las bases del concurso, así como también de la iconografía tradicionalista de la época, lo que le hizo perder terreno en la disputa por el primer premio. La decisión final del jurado fue elegir el diseño de dos arquitectos italianos, aunque finalmente la obra nunca llegó a concretarse. El boceto del escultor argentino, realizado en piedra parís, aún se conserva en el Museo Casa de Yrurtia.

El Centenario fue la apoteosis de un proyecto nacionalizante que tuvo como legado el diseño programático de un arco narrativo patrio de visualidades, literatura y tradiciones dirigido desde el Estado y ejecutado por la clase ilustrada con el objetivo de edificar una identidad nacional propia, exenta de todo influjo cultural de las corrientes migratorias y con características fuertemente centralistas.

A partir de la descomposición del monumento proyectado por Yrurtia en fragmentos, Franco Fasoli desanda 90 años de historia argentina desde una perspectiva crítica poniendo el foco en la fragilidad de la discursiva triunfalista que nos auguraba un porvenir de gloria. Utilizando las figuras ecuestres de la escultura tradicional de tema histórico como pieza central de esta exposición, Franco Fasoli desarma el boceto de Rogelio Yrurtia en pedazos autónomos que se distribuyen por la sala, casi como una alegoría de ese proyecto inabarcable de nación que conforma el largo y profundo territorio argentino. Talladas en telgopor, sostenidas por soportes individuales de madera y unidas sus partes con poliuretano expandido, estas figuras evocan recortes de un país armado como encastres, que en su diversidad geográfica y cultural presenta quiebres y hendiduras y que, a veces, sólo pareciera estar unido por la amalgama común de una ficción escrita desde el puerto.

Un mapa recostado que da cuenta de una posible geografía de la nación argentina desde los albores de la Revolución de Mayo hasta nuestros días acompaña nuestra tesitura. Fasoli despliega en él una fantasiosa ilustración de antecedentes históricos, políticos y sociales, con especial énfasis en los conflictos bélicos, en las particularidades de la fauna nativa, en los climas del suelo y en una folklorización intencional de símbolos regionales, muy propia de la visión europeizante que aún impera en Buenos Aires. En otra parte de la sala, tres paisajes en un retablo evocan la disputa siempre inacabada por la tierra. La pampa bonaerense, el chaco boreal y el desierto patagónico. Tres territorios ocupados durante buena parte del siglo XIX a costa de un genocidio indígena pero también de ‘no ahorrar sangre de gaucho’, como le escribía Sarmiento a Mitre en una carta fechada en 1861. Protagonistas ineludibles de la construcción del relato unitario vencedor, ambos han sido inmortalizados por Fasoli junto a Roca en bustos de telgopor y poliuretano, materiales que no perdurarán en el tiempo como el bronce de la historia.

Por último, con una serie de pinturas sobre madera, Franco Fasoli narra el largo camino de aventuras, fábulas y traiciones en las guerras civiles por las autonomías provinciales y que no acaba en Caseros sino hasta la ley de capitalización de Buenos Aires en 1880. Federales y Unitarios dan marco a un escenario de conflictividad que, a casi 200 años del comienzo de las hostilidades, pareciera aún no haberse remendado. Rosas, Lavalle, Dorrego, Reynafé, el Manco Paz, Artigas, Estanislao López, Pancho Ramirez, Urquiza y el tigre de los llanos Facundo Quiroga son algunos de los protagonistas centrales de la reinterpretación plástica que el artista hace de una etapa sangrienta donde lo que estaba en juego era una cuestión de modelos, claro, pero también una batalla económica por el control de las tierras y del puerto.

En estas imágenes, Franco Fasoli despliega un repertorio de recursos propios del romanticismo criollo, pero también del comic y de los dibujos de las revistas infantiles. Su obrar se inscribe dentro de lo que me gusta llamar “el canon Billiken”, que identifico como ese flujo e intercambio incesante de imágenes que se producen desde la pintura de tema histórico a los manuales y revistas escolares y como regresan luego esas visualidades a la contemporaneidad. Chismorreos, altas dosis de fantasía y la apelación a fuentes absolutamente objetables de la “verdad histórica” se conjugan en estas pinturas para reponer el teatro de operaciones en el cual se cocinó el guiso de la política argentina del siglo XIX, que aún impacta en nuestra economía doméstica.

Joaquìn Barrera

Curador

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