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2025·Atocha Galería, Buenos Aires

En la medida de lo posible

Martín Kazanietz

Texto curatorialCuratorial text

Hace más de 10 años que Martin Kazanietz nos ofrece un abultado repertorio de ensayos visuales que tienen al fútbol como escenario principal de una red de relaciones sociales, políticas y económicas. Su arco narrativo atraviesa el cambio de paradigma que se vivió en el deporte desde los ’90 en adelante, del amateurismo a la feroz avanzada del mercantilismo corporativo. En un fútbol tan profesionalizado, los jugadores fueron transformándose en una suerte de superestrellas que pululan por la tv, las redes y los carteles publicitarios. A veces parecieran estar atrapados dentro de un dispositivo mediático que los convierte en íconos replicables y, sobre todo, descartables. A diferencia de ellos, los personajes que él retrata son en su mayoría ídolos anónimos y en ese gesto le devuelve al fútbol su condición más vulnerable, casi artesanal.

Sin embargo, hay en estas figuras una fisicidad que remite a la tradición popular del fútbol argentino —donde el cuerpo es herramienta, lenguaje y archivo—, pero también una cierta estilización y la novedosa incorporación de un catálogo de productos que acusa la penetración del marketing en cada rincón del juego. El fútbol que se filtra en su obrar no es el fútbol del álbum de figuritas oficial de Panini, sino el de las fotos borrosas, el del amateurismo consagrado, el de los relatos orales. Su práctica no busca redimir el pasado ni condenar el presente, evitando el aturdimiento que provocan los elogios de época. Más bien parece situarse como un narrador preciso, sentado en el filo donde ambas dimensiones se rozan. Ahí, en la cúspide de un sistema en donde el héroe de barrio se convierte en figura pública y en donde las camisetas representan pasiones, claro, pero también marcas y números.

Hay, sobre todo en la sala de abajo, un conjunto de personajes que se repiten en distintas épocas y con distintas formas. A mi modo de ver, eso es una declaración de principios. Esta insistencia por volver a representar una forma es producto de la influencia de la industria de lo reproducible:  el afiche, el póster, el banderín y la camiseta estampada. Pero por sobre todas las cosas, del valor fundacional que el artista le da a la cultura gráfica en su trabajo, referencia ineludible a la hora de analizar su cuerpo de obra.

Los personajes que pueblan sus crónicas no son héroes mitológicos, ni próceres de la historia ni mucho menos estrellas fotografiadas en la postal de la victoria. Son cuerpos atrapados en el instante previo. Fragmentos de un relato que al ser extraídos por fuera de los 90 minutos revelan una verdad menos evidente: que el fútbol también se compone de momentos menores, de gestos que no caben en los resúmenes de la tele y que están incrustados bien adentro en la cultura del aguante. Es que si algo persiste es el cuerpo social como archivo. Allí donde el marketing pule las imperfecciones, él se detiene a pintar no sólo el gesto torpe, la mueca de dolor, el instante de duda sino también las relaciones sociales, la disputa por la vida y la muerte, la fraternidad, el sacrificio, la alegría y la derrota. Porque en esos resquicios aún habita el fútbol que no puede ser reducido a una marca registrada. Un fútbol que se juega con más cuerpo que cálculo, con más calle que algoritmo.

En su producción se destaca un fuerte componente humorístico que sobrevuela en sus imágenes, producto de la influencia que el cine, las historietas, los dibujos animados y - sobre todo- la TV de finales de los 90 y de comienzos de los 2000 esparcieron sobre su ser artista. Pero el humor no es evasión sino estrategia. Al desmontar el relato triunfalista de la vida contemporánea, devela sus costuras. La iconografía del campeón convive con la del derrotado, con el borracho o con el lesionado. En un país donde el fútbol ha sido usado para construir una narrativa de masculinidad heroica y resistencia popular, estas representaciones adquieren una dimensión política. La distorsión y la exageración cromática funcionan como metáforas de un cuerpo social tensionado por la desigualdad, la violencia y la esperanza. En este sentido, su producción dialoga con una estética de archivo y de memoria más bien propia del ‘Elige tu propia aventura’ que de una colección: cada cuadro es un fragmento de un álbum colectivo, pero también un comentario sobre cómo y por qué elegimos recordar ciertas imágenes.

Pareciera hasta obvio tener que señalar que el nacionalismo argentino ha hecho del cuerpo del jugador —y, por extensión, del cuerpo del hincha— un emblema, pero me parece adecuado remarcarlo. En la victoria, ese cuerpo es musculoso, potente, imparable. En la derrota, es un cuerpo roto que se ofrece como metáfora del país herido. Martín no niega estos usos, pero si los trastoca. Sus jugadores pueden estar en tensión, sí, pero también pueden ser absurdos, torpes, deformados. Sus hinchas pueden ser tan anónimos que se vuelven fantasmáticos en el lienzo. Sus ídolos pueden tener nombres genéricos o diminutivos que los acercan a la sobremesa más que al podio. El resultado es una estética que escapa a la rigidez del mito y devuelve al fútbol algo que el nacionalismo le roba: su vulnerabilidad.

Martín Kazanietz no es ni un pintor que hace cosas de fútbol ni un futbolero que repite historias. Es alguien que entiende que el fútbol es, quizás, el gran archivo de visualidades de la Argentina de hoy, y que esas imágenes tienen una densa carga antropológica. En sus paisajes sociales, los cuerpos a veces se confunden en una masa casi abstracta. El resultado es que la euforia queda, pero atravesada por un leve ruido visual, como si recordara que todo festejo encierra, en su reverso, la amenaza de la derrota. En la medida de lo posible la gloria se ilustra, pero nunca como una postal perfecta. Siempre hay un trazo que la raspa.

Joaquín Barrera

Curador

Juan Ramirez de Velasco 1408 - Octubre / Noviembre 2025 - Buenos Aires, Argentina @AtochaGaleria

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