Francisco Díaz Scotto








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Que el valor de mercado del kilo de carne regula la emocionalidad política, la tensión de la densidad social y la estabilidad de la economía doméstica en nuestro país es un teorema de fácil comprobación, sobre todo para quienes tenemos atada nuestra billetera a los vaivenes especulativos que los precios desatan sobre la mesa de los argentinos. Tradicional por herencia española, injertada por razas británicas, editada por transferencia tecnológica yankee y trabajada por tracción a sangre india y gaucha, la producción de carne vacuna de nuestra llanura pampeana constituye un territorio que teje una larga e intrincada historia de alianzas, enfrentamientos, estrategias de dominación y desde el cual aún hoy se disputa el sentido identitario de lo nacional.
Francisco Díaz Scotto rinde homenaje (o quizás, porque no, una velada crítica) a la historia visual del afilado sistema de engranajes de comercialización de la carne, proceso productivo fundante desde tiempos de la colonia de nuestra economía exportadora. Doce pinturas cargadas de crudeza forman fila en una sala ascética en donde se congrega una importante densidad plástica. Como si fuesen parte de un vía crucis, las representaciones de la carne proponen tres estadios del proceso productivo. Un primer grupo de pinturas detalla con aguda crueldad (o facineroso deseo) los cortes, las disecciones, el calor aún palpable de la carne viva. Chirriante color de la sangre, bravía fricción de los huesos. A contrapelo de esa primera escena tibia y doliente, un segundo cuerpo de pinturas retrata con precisión realista el siguiente circuito de esa cadena agroalimentaria: grandes fracciones de bovinos faenados cuelgan de las frías paredes de un frigorífico industrial, listas para la distribución en masa. Al cuerpo pictórico de material vacuno lo completan tres obras de representación bodegonera clásica, casi fotográficas y con atisbos de imagen publicitaria de anuncio de supermercado. Tres modelos de registro de la carne y sus procesos. Por último, al fondo de todo, donde se acaban los caminos, la pampa. Esa llanura inabarcable que divide infiernos entre el cielo y el suelo. El desierto narrativo, el paisaje natural de la abundancia, el escenario de guerras fratricidas, el campo de batalla de la economía política argentina.
Tuvieron que plantar las justificaciones militares, azuzar el miedo vandálico, diseñar una trama identitaria y adornar con ilustraciones poéticas las excusas literarias para llenar así de pastizales el desierto imaginado donde pastorean en controlada libertad los grandes terratenientes de la patria ganadera. En donde aparentaban diferencias, se exacerban aún más las coincidencias. Rosas y Sarmiento, Roca y Mitre, Echeverría y Rosas. Los dos desiertos saqueados fueron prenda de unidad para el avance de un modelo agrícola productivo. ¿o cuál fue acaso la disputa real entre Rosas y Urquiza más que el control de los saladeros que regenteaban y el manejo de los puertos exportadores? ¿Qué razones espurias esgrimieron Roca (hijo, ¡también!) y Agustín P. Justo sobre las condiciones coloniales que establecieron en el pacto con Runciman a favor de los británicos? A sangre fría fueron contra Lisandro de la Torre, fusilando de tres disparos a Enzo Bordabehere en plena sesión del Senado. ¿Cuáles son entonces las causales de tanta muerte cuatrera, de tanta sangre y sol en ríos interminables de barro rojo? De todas estas cosas, queríamos dejar testimonio para encausar las discusiones sobre la historia política de la producción vacuna. En esa línea, y como un capricho atrevido, es que nos permitimos presentar un pequeño archivo en construcción sobre las representaciones culturales, políticas, historiográficas y laborales del mundo de la carne.
Por último, una licencia. Francisco Diaz Scotto recupera una narrativa medular de la producción plástica argentina, muchas veces olvidada en esa digresión que aleja los imaginarios populares de los grandes temas de conversación del arte porteño. Si me permiten, quisiera aprovechar para inscribir su trabajo en una larga tradición de pintores criollos que, con la misma agudeza que él, retrataron cuerpos vacunos. De Cesáreo Bernaldo de Quirós, el realismo sanguinario de la cabeza de vaca de El Carnicero (1926). De Antonio Berni, la intensidad pictórica en los cuerpos faenados de La carnicería (1958) y el tema del bodegón en La olla y la carne (1960). De Carlos Alonso, la aridez y la crueldad de Manos anónimas (1976) y de Carne de primera (1977). Artistas del pueblo todos ellos. De temas sociales, de violencias retratadas, de traducciones plásticas, de la cultura de masas.
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